Las vemos por ahí...
Las vemos corriendo por las mañanas con sus carritos, con sus bebés, en el supermercado, en las reuniones del cole. Las vemos desaliñadas, siempre con prisa… ¿y sabes por qué?
Porque no es fácil ser mamá.
A veces escucho, leo y veo a algunas madres que cuentan que la maternidad es algo maravilloso. Y aunque yo también creo que lo es, lo que no cuentan es esa parte difícil de ser mamá…
No cuentan que el embarazo es una etapa complicada, que nuestras hormonas se revolucionan de tal manera que a veces nos preguntamos si nos estamos volviendo locas.
No nos dicen que, a partir del momento en que nace tu bebé, no vuelves a dormir del tirón. Que las salidas con tus amigas pasan a ser después de que se duerma. Que antes de salir a cualquier sitio tienes que preparar mil “por si”: por si llueve, por si hace frío o calor, por si se moja, por si le da hambre…
Tampoco te han dicho que, cuando sales de compras, sueles ir primero a las tiendas infantiles y, si eso, ya miras algo para ti. Que cuando tu bebé se enferma puedes volverte loca de desesperación, te llenas de miedo y te invade siempre la misma duda: ¿lo estaré haciendo bien? Que te conviertes en una leona cuando sientes que tus hijos están en peligro.
A que no te han contado que ni siquiera puedes comer tranquila. Que, a veces, para tener una sola comida en paz al día, te levantas antes que ellos para tomarte ese café, o los llevas al cole y vuelves a casa solo para sentarte unos minutos en silencio. Porque sientes que ese es el único momento del día que tienes para ti… y te conformas.
Porque ahora lo más importante es que ellos estén bien: que no pasen frío ni calor, que no tengan hambre, que lleguen a tiempo al cole, a las extraescolares, a los cumpleaños… Y así se te va la vida, viviendo para ellos. Porque tu felicidad y tu tranquilidad dependen, en gran medida, de la suya. Si tus hijos están bien, tú estás bien.
Y luego está el momento ducha… ese sueño de una ducha larga y tranquila, ¿verdad?
Siempre digo que volvería a recorrer el mismo camino si sé con seguridad que los voy a tener a ellos. Son un regalo, y no me canso de dar gracias por la fortuna de tenerlos en mi vida.
Quiero decirte algo: es normal que te sientas así. No es justo que nos vendan la maternidad de una forma que nos haga sentir culpables por estar cansadas, por querer un rato a solas, por desear que se duerman para tener un poco de vida. Aunque luego vayamos mil veces a comprobar si respiran, si están tapados o si están demasiado cerca del borde de la cama…
Es normal que quieras seguir viviendo, viajando, cantando, bailando… porque estás viva. Simplemente eres mamá, con todo lo que eso conlleva.
Lo estás haciendo bien. Y estoy segura de que, con ese abrazo y ese beso tan sinceros que te dan, lo sientes.
Es cierto que ahora entiendes la vida de otra manera. Tienes otras prioridades y, seguramente, eres un poco más feliz. Tu vida cambia, sí, pero te vuelves mucho más fuerte… y también más sensible, incluso en los días más difíciles. Porque sabes que tienes que seguir adelante: ya no estás sola.
Que no te engañen… esa publicidad donde todo es perfecto es solo eso: publicidad. La realidad es la que tú vives. La realidad es que a veces te sientes desbordada, levantas la voz y luego te invade la culpa. Y vuelve la pregunta de siempre: ¿lo estaré haciendo bien?
Te cuestionas, y eso es bueno. Cuestionarnos nos hace crecer y tomar mejores decisiones, aunque a veces decidamos más con el corazón que con la razón.
Y oye… también es verdad que nuestros besos curan cualquier dolor. Son mágicos, mejores que cualquier medicina. Y te aseguro que, si le preguntas a tu hijo o hija si quiere cambiar de mamá, la respuesta será un “¿por qué?” o un “no” rotundo. Porque te aman tal y como eres.
Mi palabra preferida.
Mi fuerza.
Mamá.
Solo son pensamientos

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